Testimonio. La reportera participa en un ‘retiro psicodélico’ junto a 11 personas que buscan mejorar su salud mental con drogas alucinógenas, la nueva frontera de la psiquiatría. Siete fármacos basados en estas sustancias están en la última fase de investigación antes del uso comercial.
Por Rebeca Yanke Fotografías de Vicky Wizenberg
Como todos los viajes, éste no comenzó cuando volé, sino mucho antes. Posiblemente hace un par de años, cuando para mí la palabra psilocibina todavía no significaba nada. Estaba inmersa en un proceso de duelo y lo que, después, diagnosticaron como síndrome de estrés postraumático, un trastorno mental que se identificó por primera vez en los veteranos de la Guerra de Vietnam.
Hace 20 años mi propio síndrome me habría llevado a decir: «Venga ya, cómo voy a tener yo eso, si soy funcional y risueña, a veces hasta sociable, tengo cierto sentido común y, allá donde me dejes, sé estar -a qué coste es otro asunto–». En verdad, hubo un tiempo en el que no estuve, no fui, no hablé, no caminé, no hice. A menudo, en mis sesiones de psicoanálisis, defino aquella época como la de una ameba: era alguien inerte, pero de mí no se podía decir «ni siente ni padece».
Empecé a tomar antidepresivos en 2010, después de pasar meses llorando; en el autobús, en mi mesa del periódico y en casa. Por las noches, sola, lloraba con una intensidad pasmosa y llegaba a rezarle a mi padre muerto. Le pedía que me ayudara a salir del bucle. Colaboraron mis compañeros del periódico. Mirándome a los ojos, Natalia G. Hermosín me dijo: «Rebe, no estás bien, no puedes seguir llorando, tienes que ir al médico». Después, siendo Ana María Nimo mi compañera de la derecha, pasé una jornada hiperventilando y llorando, no controlaba mi respiración. Ella y Jorge Benítez me acompañaron a casa. Días después lloré mi vida entera ante mi médico de cabecera, que me mandó al psiquiatra.
Desconocía lo que el sufrimiento había provocado en mi cuerpo: una desconexión paulatina desde la adolescencia hasta la madurez. Me recetaron escitalopram y lorazepam, que tomé durante algunos años. Mejoré, me enamoré, viví lo mejor que pude. Hasta que, en 2021, la muerte de mi hermano pequeño me devolvió al punto de salida. O al disparadero. Me cambiaron por completo la medicación y pasé a tomar fluoxetina -prozac de toda la vida-, trazadona para dormir y lexatin si mis niveles de ansiedad me hacían imposible salir al mundo (y participar de él), cosa que siguió sucediendo hasta que empecé el psicoanálisis.
Como yo, millones de personas en el mundo comenzaron a darse cuenta de sus problemas de salud mental tras la pandemia. Los casos de depresión mayor y de ansiedad han aumentado más de un 25% en el mundo desde 2021. Más del 15% de la población española toma fármacos para la salud mental. Y casi tres millones de personas tienen un diagnóstico de depresión en España actualmente.
«En los últimos 50 años no ha habido prácticamente ninguna innovación en farmacología psiquiátrica», dice el psicólogo y doctor en farmacología José Carlos Bouso, que este jueves publica Medicina psiquedélica. Manual para pacientes, clínicos, usuarios y curiosos (editorial Kairós). «Ante numerosos metaanálisis recientes que concluyen que muchos psicofármacos empleados para tratar trastornos mentales no solo muestran una eficacia limitada sino que también generan importantes efectos secundarios a largo plazo, existe la necesidad urgente de innovación en el campo. Por eso las sustancias psicodélicas están emergiendo como una de las alternativas terapéuticas más prometedoras», afirma.
En este momento, ya hay siete medicamentos en fase 3 -la anterior a la comercialización- que contienen sustancias antes estigmatizadas como drogas recreativas -MDMA, psilocibina, LSD o DMT (presente en la ayahuasca)- para el tratamiento de trastornos como el estrés postraumático y la depresión resistente.
Bouso participará, entre el 2 y el 4 de octubre, en el primer congreso sobre el uso de Terapias Asistidas con Psicodélicos (TAP) en Madrid, al que asistirán los mayores expertos mundiales en el uso terapéutico de los psicodélicos.
El congreso está organizado por la Fundación Inawe, cuyo director, el ingeniero Carlos Alonso, me propuso la oportunidad única de probar la psilocibina, un compuesto psicoactivo de origen natural, durante un retiro específicamente creado para la sanación del trauma en Países Bajos.
En De la herida al asombro, dirigido por Julia Javkin, psiquiatra argentina experta en medicina integrativa, y Anouk Bindels, psicóloga holandesa, terapeuta de trauma y sanadora energética, probé hace pocos días este alucinógeno que se encuentra en más de 200 especies de hongos y que actúa sobre el sistema nervioso central, provocando efectos parecidos a los del LSD. Lo que se suele llamar un viaje. Una droga, dirá usted, quizá. Sólo que en castellano el término tiene unas connotaciones que no hay en otras lenguas. En EEUU hasta al ibuprofeno se le llama droga.
A dos horas y media de Amsterdam, en un centro budista abierto «a todo tipo de retiros con conciencia» llamado De Maanhoeve, nos juntamos 12 individuos que podríamos haber formado parte del elenco de la serie Nine perfect strangers (Prime video), donde la actriz Nicole Kidman interpreta a una sanadora que trata de transformar las vidas de unos estresados urbanitas. En la entrada, un cartel reza «No coming no going», lo que significa que no hay vida ni muerte sino una transformación continua. Nosotros éramos 10 mujeres y dos hombres. Menos otra española, el resto eran en su mayoría alemanes y otros dos eran holandeses. La habitación de una de estas últimas, Marya, estaba junto a la mía y la primera noche me contó que tenía síndrome de estrés postraumático. Le dije que yo también y que, si necesitaba algo, me avisara.
Mi viaje empezó el día antes de la ceremonia oficial con psilocibina -así la llaman los guías y, al cabo, todo tiene un aura sacra y mística, de conexión con la naturaleza, de hippismo, si se quiere- cuando, por sorpresa, probamos una microdosis, un trocito de la raíz de una seta alucinógena, que masticamos. Sabía a tierra y también a chufa. Incluso el aspecto era de chufa. No sentí nada concreto, me sentí normal, pero las cosas cambiaron pronto con los ejercicios que hicimos con Anouk. Sobre la colchoneta, trabajamos los músculos y la pelvis durante una hora, hasta que Anouk dijo: «Acariciaos, con una mano tocaos la otra, tocad cualquier parte del cuerpo que precise cuidados». Sentí que mi cuerpo era nuevo, que era nueva mi piel, mis órganos, mi yo entero.
Esa misma tarde también percibí otros muchos cambios. A algunos les había cambiado la cara por completo. Marion, una mujer alemana que lloraba ininterrumpidamente desde la llegada y que era incapaz de explicar por qué, dejó de hacerlo y consiguió hablar y relacionarse. Y Josh, un holandés que tenía tras de sí una traumática historia familiar y era incapaz de fluir -dijo que acudía al retiro para tratar de llorar y de expresar sus sentimientos- comenzó a moverse de otra manera y, de repente, también a hablar con el resto de personas, que ya no éramos extraños sino miembros de una comunidad. Enseguida sentimos unión.
Al día siguiente, la mañana de la ceremonia, recorrimos el bosque de De Maanhoeve hasta llegar a un laberinto, que atravesamos en fila y en silencio liderados por Arnaud Cayla, un músico francés con experiencia en psicodélicos que, junto a la psicóloga Vicky Wizenberg, completaba el equipo de guías que nos acompañaban y ayudaban en el proceso. Por primera vez en años caminé dos horas seguidas sin sentir ansiedad ni dolor. Al contrario, disfrutándolo. Arnaud propuso que, una vez en el centro, hiciéramos el regreso de espaldas, pero yo no fui capaz. Muy pocos lo consiguieron. Luego nos dieron la bolsa con raíces que después beberíamos en infusión y, durante un par de horas, nos dedicamos a machacarla, a hacer de ella una papilla que favoreciera el proceso posterior.
Ese día no comimos. Durante un tiempo que, calculo, fue de dos horas -la ceremonia con psilocibina dura en torno a seis, siete u ocho- estuve recogida en mí con unas ganas feroces de llorar a todos mis muertos, como si no los hubiera llorado lo suficiente jamás. Entre ellos estaba también nuestro compañero Javier Cid, que falleció a finales de agosto. Tampoco sentía haber llorado por él. Pero al mismo tiempo los tenía a todos conmigo: angelitos que volaban a mi alrededor.
Estábamos tumbados cada uno en su colchoneta, en círculo, en un orden prescrito por los guías. Una nota con nuestro nombre y un mensaje de apoyo nos indicaba dónde colocarnos. La música es una parte fundamental de la ceremonia, pues acompaña desde el principio. A veces desde el ordenador y otras, las mejores, con Arnaud cantando canciones que incluían frases como «All that I am, I give it to the altar of love in sweet surrender», «Mushrooms showed me the way» y hasta canciones en castellano como una que decía: «Vuelo como una mariposa, desplegando las alas al firmamento». El final de la ceremonia fue un apoteósico baile común en el que nos abrazábamos y cantábamos como si hubiéramos descubierto la vida ese mismo día.
Vicky y Arnaud completaban el equipo formado por Anouk y Julia. Los cuatro eran responsables de nuestro bienestar. Ella me sostuvo la mano durante bastante tiempo, y Arnaud estaba pendiente de mí. Cuando tuve frío, me trajo una segunda manta -es habitual que durante la ingesta de psilocibina se tenga mucho frío, o mucho calor o ambas-. Sólo con la ayuda de Julia, Anouk, Arnaud y Vicky fui capaz de explorar verdaderamente la necesidad de llorar y pasar a la siguiente fase: el torrente. Fue necesario que Julia me abrazara y me acariciara la mejilla para que empezaran a brotar las lágrimas. Me dijo: «Siempre hay una capita más por sanar, ¿verdad?». Luego conseguí incluso llorar con congoja e hipidos, como un bebé, como suele decirse, cuando Anouk me abrazó como una madre. Yo la abracé a ella como siempre hago, acariciando la espalda, dándome. Ella me dijo: «No me abraces, deja que yo te abrace a ti». Me habló de su propio trauma y de cómo entendía el mío: cómo me veía. A Anouk no hacía falta que le explicara que mi problema son los otros, que me he pasado la vida pendiente de los demás, en alerta, esperando el siguiente desastre. Así fue como me olvidé de mí. Era tanta la negación de mí misma que no me daba lo que necesitaba. Ni siquiera identificaba qué necesitaba. Me negué durante años el llanto y, para conseguir esto, me negué la música, porque evoca siempre demasiado. Y no me di cuenta de ninguna de estas cosas hasta que empecé a hacer psicoanálisis.
Después de llorar, dormí un ratito y, luego, comenzó mi breve pero psicodélica vivencia. A otros les duró más, a mí quizá no tanto porque hace dos años que tomo sertralina que, en menor medida, consigue lo mismo que la psilocibina: inhibir la recaptación de la serotonina -conocida como la hormona de la felicidad, un proceso natural por el cual las neuronas vuelven a captarla después de que ésta haya transmitido una señal entre ellas-. Con la sertralina, y a lo grande con la psilocibina, aumenta la cantidad de serotonina en el espacio entre las neuronas, lo que se conoce como sinapsis, y esto ayuda a regular funciones corporales como el estado del ánimo.
El retiro en sí, no sólo tomar psilocibina, fue algo catártico, iniciático, profundamente sanador. También un lugar al que no se acude de cualquier modo. Antes de tomar la raíz de la seta -que machacamos y tomamos en una infusión en tres tiempos, todos a la vez, sentados cada uno en nuestra colchoneta-, pasamos dos días hablando de la intención que trajimos: qué queríamos obtener probando la psilocibina. Dos días en los que trabajamos «la sensibilidad del trauma con terapia somática, trabajo corporal y sintonización energética». A un cierto punto, fuimos invitados a permanecer en silencio hasta beber la medicina, y a continuar igual hasta el día siguiente.
Con la infusión, no perdí la conciencia sino que experimenté un estado alterno de la conciencia, así lo definen los científicos que controlan el asunto. Me había llevado conmigo la manta que me abrigaba cuando era bebé. No conservo nada de mis padres, pocas cosas de mis abuelos y del resto de mis muertos, pero esa manta volvió a mí de un modo que no recuerdo. Además de mi problema con los otros, tengo éste: no recuerdo nada hasta mis 12 años. Y una de mis intenciones con la psilocibina era adentrarme ahí. Recuerdo acariciar el muñeco marinero que hay en esa manta infantil y adentrarme después en el mar, en donde estuve la mayor parte de mi viaje. Era mi lugar natural -yo, que no he buceado jamás- y nadé entre corales y anémonas y otras figuras marinas que fueron cambiando de forma. A veces aparecían caras demoníacas pero no me daban miedo. Se iban desdibujando o difuminando hasta convertirse en caras amables, en angelitos. Mis angelitos. Estaba en familia.
Aquello duró, creo, dos o tres horas. Entonces me incorporé y sentí que había vuelto a un «estado ordinario de conciencia», y aproveché para observar a los demás. Algunos seguían en la misma postura en la que les vi mientras bebíamos la infusión, con el antifaz puesto, con la boca abierta, en estado alterno de conciencia. Hubo ataques de risa exaltados que se iban contagiando de colchón en colchón, personas que no podían controlar los movimientos y hasta tenían que salir al centro a bailar. Otros con percances más físicos (náuseas, eructos) y muchos que, como yo, lloraron. Cuando queríamos ir al baño, nos acompañaban. Yo fui con Anouk, que se aseguró de que tenía suficiente equilibrio y me dijo: «No cierres el pestillo».
Pero lo más loco para mí llegó la mañana siguiente, cuando volvimos al suelo, al antifaz, a la meditación y al ejercicio físico. Julia nos dijo que nos tapáramos con la manta el cuerpo entero, dijo que éramos un huevo, que estábamos a punto de la eclosión. Nos animó a ir sacando la mano poco a poco y movernos por el suelo como si fuera el mar. Dijo: «Estáis descubriendo un cuerpo nuevo, ¿cómo se siente?». Como siempre cada vez que hacíamos ejercicios con esta argentina con dones variados, acabamos locos, apretujados, abrazados, bailando unos con otros. Otra de las sensaciones que provoca la psilocibina es la de aceptar que somos uno, que estamos juntos, que todos sufrimos y que todos queremos estar en paz. Julia describía mi viaje, mi cuerpo nuevo, mi mar que, tal vez lo haya pensado, no era otra cosa que líquido amniótico porque estaba naciendo de nuevo.
No fue lo vivido un uso recreativo de la psilocibina sino enmarcado en un proceso de sanación o de crecimiento personal y acompañado de charlas terapéuticas y ejercicios somáticos en los que se fomenta la conexión mente-cuerpo. La psilocibina la han probado y la prueban personas que quieren dejar sus adicciones (alcohol, heroína, cocaína, ludopatía, comida), o que quieren conectar más profundamente con la persona que son, o que tienen cáncer o depresión.
Sucede aún en pocos lugares del mundo de manera legal (Alemania, Suiza, Australia, República Checa, Canadá y algunos estados de Estados Unidos, como Oregón y Colorado), pero es una práctica ancestral que han empleado numerosas culturas: «Desde hace cientos e incluso miles de años», llegó a afirmar Roland Griffiths, fallecido en 2023 y uno de los mayores expertos en el asunto, profesor de psiquiatría y neurociencia de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins y director del Centro de Investigación Psicodélica y de la Conciencia.
En una charla TED reciente, Griffiths admitió que «en la ingesta de psicodélicos puede haber riesgos, pero son manejables», no ya por la persona que vive el viaje sino por quienes le han guiado. En el vídeo, mostraba imágenes del modo en que se debe tomar la psilocibina y, cuando las vi, no podía parar de sonreír y de tener el corazón caliente porque era el escenario que viví en Holanda: se usa antifaz, también la postura horizontal, cómoda y amable y, a tu lado, siempre hay alguien.
Un mes antes había tenido mis primeras charlas con Julia y Anouk. También completé un pormenorizado cuestionario sobre mi nacimiento, infancia, adolescencia, vida adulta, familia, hábitos, miedos, intenciones, dolencias, diagnósticos y el detalle de mis posibles coqueteos o hábitos con drogas. Las primeras personas que saludé al llegar al lugar del retiro fueron Gregor y Pamela, un matrimonio alemán que se convirtió en fundamental para mí, especialmente ella porque Anouk y Julia nos invitaron a tener un amigo durante los cuatro días: «Si tu persona no aparece, preocúpate de encontrarla. Y cuando haya ejercicios por parejas, los harás con ella». Lloré hablándole en un español que no entendía en una actividad que consistía en usarla de espejo, de ahí que Anouk me animara a usar mi lengua materna. No importaba lo que estuviera diciendo en ese momento. Lloré hablándole de una foto mía de bebé que teníamos delante.
Hace 20 años, cuando mi amigo mexicano Epifanio Sánchez me regaló los libros de Carlos Castaneda, ni en broma me imaginaba que estaría aquí contando mi primera experiencia con las drogas psicodélicas, que cobraron auge en los años 60 del siglo XX y cuyas investigaciones fueron cerradas durante la guerra de las drogas del presidente de los Estados Unidos Richard Nixon, en los 70. El escritor Aldous Huxley contó su experiencia con la mescalina, de origen mexicano, en Las puertas de la percepción, publicado en 1956 y de cuya lectura Jim Morrison extrajo el nombre de su banda, The Doors. Castaneda relató lo mismo con el «mezcalito», como lo llamaba su maestro, en Las enseñanzas de Don Juan, en la década de los 60. Don Juan decía también que «el mezcalito exige una atención muy seria». Tan seria como para desnudarse ante desconocidos, como en el retiro, y como en estas líneas.
El Mundo-Madrid-21_09_2025

